En mi último año de Arquitectura pasé una temporada en Japón. Me instalé en Sendai para estudiar en Tohoku University y, al mismo tiempo, empecé a hacer prácticas en el estudio de Hitoshi Abe. Una experiencia que acabó teniendo bastante más influencia en mi manera de entender la arquitectura de la que seguramente era consciente entonces.
El estudio estaba en una especie de nave industrial a las afueras de Sendai. Recuerdo las horas de trabajo infinitas y una intensidad muy diferente a la que había conocido. También las visitas de obra: antes de entrar nos quitábamos los zapatos y nos poníamos unas fundas limpias, un pequeño gesto que transmitía un respeto casi ritual hacia la obra, incluso mientras estaba en construcción.
Participé en varios proyectos y concursos, entre ellos uno de vivienda en Tokio para el que viajé a analizar el solar: recorrer el entorno, observar las construcciones vecinas, los vacíos, las distancias y todas aquellas condiciones aparentemente menores que podían acabar formando parte del proyecto.
La casa como experimento
Vivir, estudiar y trabajar en Japón me permitió descubrir una manera de hacer arquitectura muy diferente a la que conocía en España. Me sorprendía especialmente la libertad con la que muchos arquitectos trabajaban dentro de condiciones extremadamente restrictivas. Parcelas diminutas, geometrías extrañas o una enorme densidad urbana no conducían necesariamente hacia soluciones estandarizadas. Muchas veces eran precisamente el punto de partida para experimentar.
También existía una relación diferente con la permanencia. La ciudad se transforma constantemente y la casa puede entenderse de una manera menos permanente, casi como un ensayo construido. Creo que ese contexto ayuda a explicar la enorme experimentación de la arquitectura doméstica japonesa.
Hay además un edificio inseparable de mis recuerdos de aquellos años: la Mediateca de Sendai, de Toyo Ito. Mientras vivía allí acudía con muchísima frecuencia. Años después, ya en Hong Kong, tuve la oportunidad de asistir a varias charlas magistrales de Toyo Ito y volver a su obra desde la investigación y la docencia.
Pensar y representar la arquitectura
Con los años me he dado cuenta de que la influencia de aquella etapa no está únicamente en la arquitectura construida, sino también en cómo se piensa y se representa.
La representación nunca es completamente neutral: la manera en la que dibujamos un proyecto revela también una determinada manera de entender la arquitectura. Quizá por eso sigo volviendo a estudios japoneses que utilizan el dibujo de formas radicalmente distintas: la abstracción de SANAA, la densidad casi antropológica de Atelier Bow-Wow o los dibujos atmosféricos de Junya Ishigami.
Son arquitecturas a las que he vuelto muchas veces, desde lugares distintos y con preguntas diferentes. Entre todas ellas, estas son probablemente las que más han permanecido.
SANAA
SANAA es seguramente la referencia japonesa que más me ha acompañado. Me sigue fascinando cómo una arquitectura aparentemente sencilla puede esconder una enorme complejidad espacial y cómo Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa cuestionan continuamente convenciones que normalmente aceptamos sin pensar: dónde empieza y termina una habitación, si un recorrido necesita convertirse en un pasillo o si cada espacio tiene que tener necesariamente una función inequívoca. Pero me interesa tanto su arquitectura como la manera de representarla: plantas aparentemente abstractas, diagramas, maquetas y dibujos capaces de explicar relaciones espaciales complejas con muy pocos elementos. Su trabajo ha aparecido recurrentemente tanto en mi investigación como en mi docencia y probablemente sea una de las referencias que más he utilizado para volver a pensar cómo explicamos y proyectamos el espacio.
Sou Fujimoto
Sou Fujimoto me interesa especialmente cuando lleva las convenciones domésticas hasta situaciones casi extremas. Casas donde desaparece la organización convencional por habitaciones, plataformas que pueden ser alternativamente suelo, escalera o mobiliario, o límites donde resulta difícil determinar exactamente qué pertenece al interior y qué al exterior. Algunas de esas propuestas pueden parecer incluso difíciles de habitar, pero precisamente ahí encuentro su interés: funcionan como investigaciones construidas que nos obligan a preguntarnos nuevamente qué significa una habitación, cuánto espacio necesita realmente una actividad, qué entendemos por privacidad o dónde termina el mobiliario y empieza la arquitectura. Más que ofrecer respuestas cerradas, su trabajo tiene la capacidad de volver a formular preguntas que parecían resueltas.
Atelier Bow-Wow
De Atelier Bow-Wow siempre me ha interesado su manera de observar la ciudad antes de intentar imponerle un orden. Hay algo casi antropológico en su trabajo: parcelas imposibles, medianeras, edificios diminutos, escaleras, instalaciones, bicicletas, vecinos o infraestructuras pueden convertirse en información relevante para un proyecto. Sus investigaciones sobre Tokio y las Pet Architectures me interesaron desde muy pronto precisamente porque otorgaban valor arquitectónico a situaciones que podían parecer completamente banales. También su manera de dibujar -especialmente esas secciones extremadamente densas donde arquitectura, personas, objetos y actividades aparecen simultáneamente- ha sido una referencia recurrente para mí, tanto como herramienta de investigación como trabajando con estudiantes.
Junya Ishigami
De Junya Ishigami me interesa muchísimo su manera de representar la arquitectura. Sus dibujos tienen una cualidad casi etérea, a veces aparentemente ingenua, en los que estructura, vegetación, personas y objetos parecen tener prácticamente el mismo peso. Pero lo fascinante es que esa representación no es simplemente una manera bonita de contar el proyecto: consigue transmitir con enorme precisión la atmósfera y las relaciones espaciales que después aparecen en la obra construida. La ligereza, la ausencia de jerarquías, los límites difusos entre arquitectura y paisaje o esa sensación de que el edificio casi desaparece están ya presentes en sus dibujos. Es un ejemplo especialmente interesante de cómo la representación puede dejar de ser una herramienta para explicar una arquitectura que ya ha sido pensada y convertirse en parte del propio proceso de imaginarla.
Jun Igarashi
Jun Igarashi es quizá el menos conocido de esta selección, pero algunas de sus viviendas me parecen especialmente interesantes por la radicalidad con la que trabaja desde condiciones aparentemente muy sencillas. Casas pequeñas, estructuras elementales y el clima extremo de Hokkaido se convierten en oportunidades para investigar la sección, los espesores, las diferencias térmicas y las relaciones entre unas estancias y otras. Me interesa precisamente esa capacidad de producir una arquitectura experimental sin necesidad de grandes gestos, demostrando que muchas veces las restricciones más concretas pueden ser el origen de las decisiones espaciales más interesantes.
Una influencia que permanece
Han pasado muchos años desde aquella experiencia en Sendai, pero sigo volviendo a estas arquitecturas. No porque pretenda trasladar literalmente una manera japonesa de proyectar a Barcelona -los contextos culturales, urbanos y constructivos son completamente distintos- sino porque aquella etapa me enseñó algo que todavía considero fundamental en mi trabajo: las restricciones no tienen por qué conducir a respuestas previsibles.
Una parcela complicada, una estructura existente, una normativa restrictiva o una vivienda pequeña pueden ser precisamente el lugar desde el que empezar a hacer preguntas.
Y quizá esa sea la influencia que más ha permanecido. La arquitectura japonesa me enseñó a mirar con atención aquello que ya existe, a cuestionar soluciones que parecen evidentes y a entender el dibujo y la representación no solamente como una manera de explicar un proyecto terminado, sino como herramientas para investigarlo.
Muchos años después, esas preguntas siguen apareciendo cuando proyecto, cuando investigo y cuando trabajo con estudiantes.